El modelo de paternidad que el Dr. Gordon Neufeld desarrolló, se basa en la importancia de las relaciones correctas de los niños y jóvenes con los adultos a su cargo, para ayudarles a alcanzar su máximo potencial, es decir, guiarlos hacia la madurez.
Este modelo tiene como objetivo que los adultos fomentemos y cultivemos un vínculo profundo y seguro con nuestros hijos, sin importar su edad. La propuesta de este enfoque evolutivo es tan universal que es válida para las relaciones de padres con sus hijos, maestros con sus alumnos o cualquier adulto responsable que esté a cargo y al cuidado de niños o adolescentes (abuelos, cuidadores, auxiliares educativos).
El enfoque evolutivo, base de este modelo, da luz al hecho de que la madurez se da espontáneamente como plan de la naturaleza y es nuestra labor el ACOMPAÑAR dicho proceso. Somos jardineros, no escultores. Cuando existe algún problema, significa que el proceso se ha ATORADO y nuestro papel es crear el contexto para quitar los impedimentos para restablecer el orden natural.
En mi opinión, este modelo nos ofrece, a través de los cursos, el regalo de poner en palabras y acciones sencillas conceptos y procesos madurativos neurológicos profundos y complejos.
Para muchas personas, este modelo representa la ruptura con creencias que han sido sembradas, cultivadas y nutridas por la sociedad actual; que es cada vez más racional y promueve una cultura de competencia constante para “ser mejores”, dejando de lado los proceso que nos llevan a la realización de nuestro potencial. Lamentablemente, nuestra sociedad nos abruma con aparatos, fórmulas y métodos para tener todo “fácil y rápido”; nos bombardea constantemente, lo que muchas veces no nos deja espacio para cuestionar estos “principios” y “valores”. Por ello es que en muchos casos asumimos que esos principios son “normales” y actuamos sin escuchar nuestra intuición.
Este modelo nos permite ejercer una disciplina basada en la relación y enfocada en promover los procesos madurativos y no a entorpecerlos. La gran diferencia, y lo que lo hace especial, es que no nos da “las soluciones”, sino que nos invita a sacarlas de dentro de nosotros. Nos acompaña en el resurgimiento de nuestra intuición natural de adultos cuidadosos a cargo de seres inmaduros que dependen de nosotros, de nuestros valores y nuestra guía, para alcanzar su potencial. Y a los educadores nos recuerda el camino para que seamos más efectivos, porque nos devuelve la conciencia sobre la importancia de la relación con nuestros alumnos, que es el verdadero poder que tenemos (y necesitamos) para enseñarles.
Lucrecia
